Voz escritural
Siempre he considerado que escribir es un ejercicio que no tiene mucho valor si no está cargado de una voz escritural que refleje nuestra singularidad acontecida. Parecería que esa voz preexiste a la escritura y que se hace evidencia de ella cuando se comprueba que un texto fue escrito por alguien. Sin embargo, no todo lo que se lee tiene una voz propia a pesar de su autor, y esto es particularmente cierto cuando el autor es uno mismo. Para hacerse de esta voz se necesita escribir tanto como para que la escritura lo borre a uno mientras va emergiendo por sí sola. Y es que la escritura misma es ante todo una despersonalización que nos lleva a superar los límites que nos impone nuestra propia historia personal. De modo que tener una voz escritural es mucho más que gozar de una identidad individual: siendo uno mismo su propio artificio, siendo uno mismo el puente de una maquínica que supera nuestra idea yoica, la voz escritural se sobrepone al recurso de la primera persona.
Hacerse de esa voz colectiva es un proceso subjetivante en tanto que habla y apela siempre a una colectividad que está en nosotros pero que nos supera. Los escritos que se leen y que están firmados como propios, siempre están cargados de múltiples voces y de puntos de vista desde su propia enunciación: la escritura es en sí misma una polifonía en el sentido netamente bakhtiniano del término, sea cuando reproduce vilmente el sentido común, sea mientras aluda, resuene, cite o recite, lo que otros han dicho, escrito, o leído. Por muy ilustrado o bien escrito que esté el texto, firmarlo como propio no garantiza tener una voz escritural a pesar de que ella ya suene en el vaivén de sus intersticios. Una voz escritural siempre reconduce lo dicho hacia una pluralidad social: siempre hay bisagras que apuntan hacia una subjetividad colectiva que merma lo individual. De tal modo, un escritor puede hacerse de su propia voz en la medida de que deje que la escritura misma lo borre como autor: es ahí donde el proceso maquinal de la escritura cobra toda su sonoridad.
Es por ello que no se trata entonces escribir respecto a lo que uno cree escribir o sobre lo que uno cree estar escribiendo: de lo que se trata es de ser el artificio de lo que hay que decir: de las posibilidades de lo decible y de la potencia misma de todo lo que es enunciable. Pero la potencia de lo decible se presenta ante el escritor como un delirio peligroso que es preciso acotar a toda costa, dado que amenaza su razón, su identidad y su cordura. En su afán escritural y en la necia apropiación que hace del proceso, el escritor usa el recurso de la primera persona como una excusa explotable que se justifica a sí misma en los lindes de lo escrito. No obstante, decir lo que se escribe como si ello fuera atribuible a nuestra autoridad proyectada, no puede más que implicar un freno que detiene el proceso: la primera persona lastra la escritura y funciona como un encorsetamiento edípico de la voz colectiva. Se hablará entonces de antiescritura: cuando lo que mueve a la escritura es impelido por ese afán rastrero que encubre al delirio y que hace de la voz escritural un rasgo propio e individual. Pero por más gesticulaciones, recursos o peripecias textuales que uno haga, por más que uno invoque la primera persona en su ejercicio articulatorio, la maquínica escritural siempre llevará a la escritura hacia un proceso que nunca dejará de borrar las marcas insignes que intentan darle autoridad a lo escrito.
Gabriela.. Naxos..Hacerse de esa voz colectiva es un proceso subjetivante en tanto que habla y apela siempre a una colectividad que está en nosotros pero que nos supera. Los escritos que se leen y que están firmados como propios, siempre están cargados de múltiples voces y de puntos de vista desde su propia enunciación: la escritura es en sí misma una polifonía en el sentido netamente bakhtiniano del término, sea cuando reproduce vilmente el sentido común, sea mientras aluda, resuene, cite o recite, lo que otros han dicho, escrito, o leído. Por muy ilustrado o bien escrito que esté el texto, firmarlo como propio no garantiza tener una voz escritural a pesar de que ella ya suene en el vaivén de sus intersticios. Una voz escritural siempre reconduce lo dicho hacia una pluralidad social: siempre hay bisagras que apuntan hacia una subjetividad colectiva que merma lo individual. De tal modo, un escritor puede hacerse de su propia voz en la medida de que deje que la escritura misma lo borre como autor: es ahí donde el proceso maquinal de la escritura cobra toda su sonoridad.
Es por ello que no se trata entonces escribir respecto a lo que uno cree escribir o sobre lo que uno cree estar escribiendo: de lo que se trata es de ser el artificio de lo que hay que decir: de las posibilidades de lo decible y de la potencia misma de todo lo que es enunciable. Pero la potencia de lo decible se presenta ante el escritor como un delirio peligroso que es preciso acotar a toda costa, dado que amenaza su razón, su identidad y su cordura. En su afán escritural y en la necia apropiación que hace del proceso, el escritor usa el recurso de la primera persona como una excusa explotable que se justifica a sí misma en los lindes de lo escrito. No obstante, decir lo que se escribe como si ello fuera atribuible a nuestra autoridad proyectada, no puede más que implicar un freno que detiene el proceso: la primera persona lastra la escritura y funciona como un encorsetamiento edípico de la voz colectiva. Se hablará entonces de antiescritura: cuando lo que mueve a la escritura es impelido por ese afán rastrero que encubre al delirio y que hace de la voz escritural un rasgo propio e individual. Pero por más gesticulaciones, recursos o peripecias textuales que uno haga, por más que uno invoque la primera persona en su ejercicio articulatorio, la maquínica escritural siempre llevará a la escritura hacia un proceso que nunca dejará de borrar las marcas insignes que intentan darle autoridad a lo escrito.
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Voy a enlzarte y agregarte a mis feeds.
Ha sido un hallazgo tu blog.
Saludos cordiales.
Bienvenida a este blog. Muchas gracias por lo dicho: creo que compartir temas es lo mejor de la blogósfera. Quiero agradecerte la iniciativa de enlazarme, y pues por supuesto -no faltaba más- la cosa ya es recíproca. También estás en mis feeds, así que nos estamos leyendo...
saludos muchos