El pensamiento del afuera
Michel Foucault abre La penseé du dehors con un discernimiento referido a la relación que existe entre el sujeto que habla y lo que dicho sujeto dice cuando habla, con el fin de exponer la idea de que el pensamiento es una exterioridad intrínseca a lo que denomina el ser del lenguaje. Su discernimiento parte de la famosa paradoja de Epimédes, la cual está formulada de la siguiente manera:Si bien Foucault aborda esta paradoja usando la forma simple del "Miento", lo hace para demostrar que su configuración gramatical no logra evitar la persistencia paradojal. No obstante, Foucault nos explica que esta paradoja sólo puede hacer aparente su propia contradicción, ya que su formulación permite inferir dos proposiciones que son de distinto tipo y de las cuales una es objeto de la otra. De tal modo, la proposición de contenido ("todos los cretenses mienten") es objeto de la proposición que la designa (Un cretense dijo). Mientras esta última está referida a la trama contextual que remite a la acción de quien habla ("Hablo"), la primera contiene un modo ficcional que le sirve de objeto ("Miento"). Es el propio Foucault quien reconoce que toda proposición debe de ser de un tipo superior a la que le sirve de objeto, y por ello considera que estas dos afirmaciones no tienen el mismo poder: al designarla, la proposición "Hablo" hace valer su soberanía por encima de la proposición "Miento". Según lo señala, el hecho de que haya recurrencia entre la proposición-objeto y la proposición que la designa, no es sino la consecuencia de que el sujeto que habla es el mismo de aquel del se habla.
Foucault alcanza esta conclusión al invertir la operación lógica de Epimédes y al aplicarla a la proposición "Hablo": al hacerlo encuentra que las dos proposiciones que pueden desprenderse de ella, es decir, la proposición-objeto "Hablo" y la proposición que la designa "digo que hablo", no se comprometen la una a la otra y se ajustan a sí mismas, por lo que no implican su mutua contradicción. Bajo esta perspectiva, el discurso del "Hablo" avala su soberanía al integrar dos proposiciones que pertenecen al mismo orden lógico. No obstante, de todas las proposiciones de contenido que le sirven de objeto, "Miento" es aquella que logra negar y cimbrar en igual proporción la lógica de su tipo, pero sin llegar nunca a destituirla. Es aquí donde Foucault índica que el sentido de la afirmación "Hablo" se abre un dominio ilimitado, ya que cualquier objeto o ficción que se le ofrezca le servirá de soporte. El discurso de tal afirmación reside pues en la ausencia de otro lenguaje: de un lenguaje de contenido, dado que la proposición-objeto "digo que hablo", nunca podrá preexistir a la desnudez del "Hablo" que la designa. Para Foucault, lo que esa forma desnuda del "Hablo" manifiesta en su discurso, no es sino una abertura por donde el lenguaje puede extenderse al infinito, y dónde el sujeto que habla se disemina hasta desaparecer en su abertura afirmativa.
Pero Foucault no duda en llevar este discernimiento hacia una reflexión filosófica que va más allá de sus términos literarios, y que apunta a lo que él considera como la experiencia del afuera. De tal modo, no deja de señalarnos que la soberanía del "Hablo" es el revés de otro discurso cuya lógica le es superior: que la designa y la hace su objeto. A decir de Foucault, el discurso del "Pienso" es aquél que tradicionalmente nos da la certeza indudable de la forma gramatical referida al sujeto que habla, y la que nos impone la certeza indudable de un discurso referido a la prominencia del Yo y de su existencia. Pero contrario al discurso del "Pienso", el discurso del "Hablo" traspone esta forma hasta diluirla y borrar la certitud que corrobora su existencia. Si bien entonces para Foucault el discurso del "Pienso" no deja de confirmar una y otra vez la interioridad más profunda, el discurso del "Hablo" nos lleva a ese afuera en el que desaparece el sujeto que habla: nos hace pensar el ser del lenguaje abriéndonos a su experiencia desnuda, de cuyos medios no son exclusivos de la literatura, logrando romper con la evidencia de ese modo ficcional que luego el "Pienso" insiste en designar como "Existo". Es así que Foucault nos hace ver que para pensar el ser del lenguaje, es preciso disolver la tradición del cogito cartesiano: el pensamiento mismo requiere dejar de tomar a la existencia como objeto. La abertura hacia un lenguaje del que el sujeto queda excluido, constituye la experiencia desnuda que anuncia el ser del lenguaje. Pero éste no aparece por sí mismo más que en la desaparición del sujeto, y en el vacío que ese sujeto deja se aloja por demás su abertura:
Un cretense dijo: "todos los cretenses mienten".
Foucault alcanza esta conclusión al invertir la operación lógica de Epimédes y al aplicarla a la proposición "Hablo": al hacerlo encuentra que las dos proposiciones que pueden desprenderse de ella, es decir, la proposición-objeto "Hablo" y la proposición que la designa "digo que hablo", no se comprometen la una a la otra y se ajustan a sí mismas, por lo que no implican su mutua contradicción. Bajo esta perspectiva, el discurso del "Hablo" avala su soberanía al integrar dos proposiciones que pertenecen al mismo orden lógico. No obstante, de todas las proposiciones de contenido que le sirven de objeto, "Miento" es aquella que logra negar y cimbrar en igual proporción la lógica de su tipo, pero sin llegar nunca a destituirla. Es aquí donde Foucault índica que el sentido de la afirmación "Hablo" se abre un dominio ilimitado, ya que cualquier objeto o ficción que se le ofrezca le servirá de soporte. El discurso de tal afirmación reside pues en la ausencia de otro lenguaje: de un lenguaje de contenido, dado que la proposición-objeto "digo que hablo", nunca podrá preexistir a la desnudez del "Hablo" que la designa. Para Foucault, lo que esa forma desnuda del "Hablo" manifiesta en su discurso, no es sino una abertura por donde el lenguaje puede extenderse al infinito, y dónde el sujeto que habla se disemina hasta desaparecer en su abertura afirmativa.
Si, en efecto, el lenguaje no tiene otro lugar más que la soberanía solitaria del "Hablo", por derecho nada puede limitarlo -ni el aquel a quien se dirige, ni la verdad de lo que dice, ni los valores o los sistemas representativos que utiliza-; en una palabra, ya no hay discurso ni comunicación de un sentido, sino despliegue del lenguaje en su ser bruto, pura exterioridad desplegada; y el sujeto que habla ya no es tanto el responsable del discurso (aquel que lo detenta, que afirma y juzga en él, respresentándose a veces con una forma gramatical dispuesta para este efecto), cuanto la inexistencia en cuyo vacío se prosigue sin tregua la expansión indefinida del lenguaje.Foucault nos enseña que el modo ficcional que le sirve de objeto a la proposición "Hablo", abarca todo aquello que es capaz de manifestarse por medio de la palabra: donde la literatura es ese lenguaje cuyo acontecimiento no pertenece más al orden de la interiorización, y no es aquél que suele ser pensado desde una apropiación autocomplaciente, no siendo tampoco ni repliegue subjetivo, ni retorno de los signos sobre sí mismos. Según Foucault, el acontecimiento que ha dado nacimiento a la literatura es un pasaje al afuera: donde el lenguaje escapa constantemente al modo de ser del discurso que lo representa, y donde lo literario forma una red cuyos puntos se tensan y se fijan en una dispersión que los coloca fuera de sí, ante un vacío que encuentra su espacio al enunciarse en la desnudez del "Hablo".
Pero Foucault no duda en llevar este discernimiento hacia una reflexión filosófica que va más allá de sus términos literarios, y que apunta a lo que él considera como la experiencia del afuera. De tal modo, no deja de señalarnos que la soberanía del "Hablo" es el revés de otro discurso cuya lógica le es superior: que la designa y la hace su objeto. A decir de Foucault, el discurso del "Pienso" es aquél que tradicionalmente nos da la certeza indudable de la forma gramatical referida al sujeto que habla, y la que nos impone la certeza indudable de un discurso referido a la prominencia del Yo y de su existencia. Pero contrario al discurso del "Pienso", el discurso del "Hablo" traspone esta forma hasta diluirla y borrar la certitud que corrobora su existencia. Si bien entonces para Foucault el discurso del "Pienso" no deja de confirmar una y otra vez la interioridad más profunda, el discurso del "Hablo" nos lleva a ese afuera en el que desaparece el sujeto que habla: nos hace pensar el ser del lenguaje abriéndonos a su experiencia desnuda, de cuyos medios no son exclusivos de la literatura, logrando romper con la evidencia de ese modo ficcional que luego el "Pienso" insiste en designar como "Existo". Es así que Foucault nos hace ver que para pensar el ser del lenguaje, es preciso disolver la tradición del cogito cartesiano: el pensamiento mismo requiere dejar de tomar a la existencia como objeto. La abertura hacia un lenguaje del que el sujeto queda excluido, constituye la experiencia desnuda que anuncia el ser del lenguaje. Pero éste no aparece por sí mismo más que en la desaparición del sujeto, y en el vacío que ese sujeto deja se aloja por demás su abertura:
Este pensamiento que se sitúa fuera de toda subjetividad para hacer surgir sus límites como desde el exterior, enunciar su fin, hacer brillar su dispersión y no recoger más que su insuperable ausencia, y que a la vez se mantiene en el umbral de toda positividad, no tanto para captar su fundamento o la justificación, cuanto para reencontrar en espacio en el que se despliega, el vacío que le sirve de lugar, la distancia en la que se constituye y en donde se esquivan en cuanto se las mira sus certezas inmediatas, este pensamiento, en relación a la interioridad de nuestra reflexión filosófica y en relación a la positividad de nuestro saber, constituye lo que podría llamarse en una palabra el pensamiento del afuera.
Etiquetas: Foucault
Irreverente..
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Saludos buen Blog y excelente diseño