26.7.06

El hashish de Chomsky

Leyendo la transcripción completa de la segunda parte del debate, se hace evidente que la edición del video omite intencionadamente las partes donde Foucault increpa fuertemente el idealismo que tiene Chomsky respecto a la justicia, y en donde no le queda al estadounidense más que confirmar a regañadientes los argumentos históricos de Foucault. Las resonancias y disonancias de este debate, como se puede ver, son múltiples. La obstinación conservadora y moralista de un Chomsky sorprendido por el pensamiento de Foucault, no dejaría de presumir su buena conciencia política y ni siquiera llegaría a acceder a la apertura genealógica que Foucault le indicaba: no tanto porque no quisiera comprenderla, sino porque el hecho de expresar públicamente tal comprensión resultaba ser equivalente a dejar el protagonismo y a desvincularse de las posturas ideológicas. La profunda vinculación que Foucault hace del poder y de sus relaciones fueron desatendidas y por ello re-exaltadas en una extroversión excesiva.

Tanto en el video como entre líneas se hacen notar las actitudes cínicas en los debatientes: atónito ante la cruda contundencia de las afirmaciones de Foucault, Chomsky iba de un término a otro sin salirse de su insipiente y verborréico intectualismo. Por su parte Foucault, cada vez más desenvuelto frente a la obstinación de Chomsky, dejaba fluir su fina ironía mientras acrecentaba su pesada irreverencia. A mi juicio Foucault fue demasiado paciente a pesar de verse a sí mismo entrampado en un debate donde sus palabras eran ignoradas sistemáticamente por el afán ideológico que Chomsky abrazaba. En su pudoroso desconcierto, Chomsky no hallaba cómo hacerle creer a Foucault que su dicción y su competencia lingüística eran suficientes para hacer que sus argumentos no fueran vistos como un simple performance protagonista. Al fin de cuentas, en ese entonces teníamos a un Foucault en lo más alto de su trayectoria y en la época donde pensar el poder era para él una cuestión filosófica de oficio: pocos años después Foucault escribiría las obras que hoy nos resultan fundamentales para pensar el poder. Todo ello a diferencia de Chomsky: quien después dejaría de hacer cabalmente teoría y se quedaría enquistado en las presunciones de su activismo político (un activismo que a mi juicio es suficientemente sospechoso como para remitirlo a una cooptación que está al servicio del sistema).

No obstante, es verdad que la irreverencia que Foucault manifiesta en el debate es inquietante y al final no le favorece. En la introducción al libro Estrategias de poder, Fernando Álverez-Uría y Julia Varela ofrecen una reflexión bastante atinada para explicar tal irreverencia:
"Los lectores comprobrarán que en no pocas ocasiones, sobre todo en entrevistas y mesas redondas, el propio Foucault se deja llevar por la impaciencia de la libertad en detrimento de la verdad. Prueba de ello son algunas manifestaciones caracterizadas por un radicalismo verbal un tanto forzado -que son probablemente el eco aún vivo del 68-, y también en ocasiones hay en sus palabras el deje de un cierto dandismo y malditismo estetecista, como cuando recurre a una cierta romantización de los ilegalismos populares, o cuando parece preconizar el valor de las luchas insurreccionales al margen de cualquier consideración ética, como ocurre en el debate con Chomsky. Pero en esos desequilibrios verbales lo que se manifiesta casi siempre es el compromiso de hacer frente a otros desequilibrios heredados, admitidos y reconocidos como naturales, de forma que la indignación moral prevalece sobre la objetivación y contradice los propios postulados del trabajo de indignación intelectual. La precipitación y los atajos en la reflexión se pagan en ocasiones con la ceguera. Pero también es cierto que el partidismo y la exageración forzada constituyen un paso previo para reestablecer un cierto equilibrio, especialmente cuando los desequilibrios se han enquistado en la vida social y se perpetúan incuestionados, por lo que gozan de un carácter incuestionable" (Pág. 23).
Siguiendo esta idea, la irreverencia de Foucault permite considerar que pensar el poder no sólo es una lucha intelectual, sino que también es una construcción ética que no siempre va de la mano con los conformismos sedimentados en la historia. Pensar el poder conlleva una construcción contracorriente que estaba en Foucault llena de pasión. No obstante, como consecuencia de esa crispación pasional, los detractores de Foucault -casi siempre intelectuales conservadores y moralistas de derecha- han hallado en ella más argumentos de los que sin duda pueden encontrar en la obra foucaultiana. Tal es el caso de James Miller, un biógrafo de Foucault que en 1993 escribió un libro titulado La pasión de Michel Foucault, en el cual intenta trasponer los aspectos de la obra foucaultiana hacia las cuestiones más ocultas de su personalidad, sobre todo hacia las cuestiones concernientes a su homosexualidad y a su prematura muerte causada por la enfermedad del SIDA el 26 de junio de 1984. Respecto al propio debate, Miller cuenta que Elders tenía "la esperanza de molestar la pulcra sobriedad del público holandés", y para lograrlo había conseguido una peluca roja para que Foucault se la pusiera durante el debate. A decir de Miller, Elders no dejaría de insistirle a Foucault para que se la pusiera.

En realidad la intención de Miller pretende sugerir que Foucault y Elders en el fondo tenían ese tipo de confianzas y por tanto que reconocían entre ellos cierto estilo de vida. De un modo un tanto extremo, Miller llega a asegurar que antes del debate, sin que Chomsky lo supiera, Foucault había recibido de Elders:
"...en pago por su presentación, una importante porción de hashish a la cual el filósofo y sus amigos llamarían, jocosamente y durante los meses que les duró, el hashish de Chomsky" (Pág.271).
Con esto Miller parece sugerir que Foucault había consumido hashish antes del debate y que por ello se había ensañado con Chomsky. Según lo que puede interpretarse de esa alusión, el hashish de Chomsky parecía ser más bien el modo personal y triunfalista que Foucault tenía para recordar los pormenores de ese encuentro. La fuente en la que James Miller se basa para argumentar esto, proviene de un libro inédito en español y agotado en inglés llamado Foucault in California, escrito por Simone Wade, un profesor de historia que en 1975 aprovechó la estancia de Foucault en Berkeley para invitarlo a experimentar LSD. Si esta historia resultara cierta, puede ser probable que Foucault haya compartido con Wade sus anécdotas respecto a Chomsky, y por ende, que el mismo Wade las haya considerado al escribir su libro. Independientemente de que estos rumores o extravagancias sean verdad o mentira, es obvio que Foucault nunca precisó de alguna droga para dejar atónitos a sus interlocutores, mucho menos si éstos eran tan inocentes como Chomsky. Es obvio también que el estilo de vida de Foucault resultaba mucho más sofisticado que la parquedad que aún le caracteriza a Chomsky, al grado de que cualquier droga no podía ser más que un accesorio por completo prescindible para pensar filosófica y políticamente el mundo. Si acaso resultara cierto que Foucault y Elders solían reconocerse respectivamente en su propio su dandismo, entonces no nos queda más que firmar como hecho que Chomsky, ante los ojos de Foucault, resultaba ser un hombre lleno de ingenuidad filosófica. Por el contrario, es muy probable que Foucault siga siendo para Chomsky su peor pesadilla.

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